Osama Bin Laden fue asesinado ayer por fuerzas especiales estadounidenses en su mansión de Abbottabad, bastante cerca de Islamabad, capital de Pakistán, ciudad turística del norte del país donde se aloja su principal escuela militar. Esencialmente Bin Laden estaba rodeado de militares en un país aliado de Estados Unidos. Pakistán es una broma. Resulta que el hombre más buscado del planeta se hallaba en una lujosa mansión y no en una cueva remota de una lejana montaña afgana. Cabe la posibilidad de que las autoridades pakistaníes supieran que Bin Laden se encontraba allí, pero es más factible pensar que son tremendamente estúpidas. Pakistán, por cierto, es un país que cuenta con un interesante armamento nuclear y son esas mismas autoridades sus responsables. Muy tranquilizador.
Dejando a un lado la brillantez pakistaní y las consecuencias de la muerte de Bin Laden para Al Qaeda y Oriente Medio, es interesante plantear la legitimidad moral y por supuesto legal de matar a un criminal —aunque sea uno de los criminales más hijos de puta de nuestro tiempo— sin que antes nadie le haya leído algún derecho y haya tenido la posibilidad de ser juzgado justamente. Porque sí, a pesar de que suene altamente violento, incluso los más criminales del mundo merecen que un tribunal les condene. Los nazis tuvieron su particular humillación pública en Nuremberg y muchos de ellos fueron ejecutados por sus crímenes. A nadie le pareció mal. Desconozco en qué sentido Bin Laden es un asesino mucho más detestable que quienes mataron más personas en menos tiempo para no merecer lo mismo.
Llámenme esclavo de las apariencias, pero que un país tenga en su mano la posibilidad de tomarse la justicia por su cuenta siempre me ha producido cierta inquietud. Es posible que muchos de los que ahora justifican la muerte de Bin Laden y afirman ladinamente que las objeciones morales a la operación de las Navy Seals son un asunto menor en comparación con el dolor que Bin Laden ha causado al planeta se opusieran en su día a que su propio Estado creara un grupo paramilitar con objeto de eliminar, al margen de la ley, a un grupo terrorista vasco. Me cuesta adivinar las diferencias. En ambos casos hablamos de terrorismo de Estado.
Todo ello obviando que hay formas más crueles y vengativas de intentar devolver todo el dolor que un terrorista ha causado a un país. Guantánamo es un buen ejemplo. No sé mediante qué extraño razonamiento alguien puede llegar a estar a favor de la pena de muerte, pero Bin Laden muerto no va a sufrir mucho más de lo que pudiera hacerlo en vida en algún centro penitenciario tercermundista. En todo caso es evidente que la muerte de Bin Laden no entristece a nadie y que no se van a montar manifestaciones en las calles reclamando que Estados Unidos, a estas alturas, cuide su imagen de nación comprometida con valores tan abstractos como la justicia o los derechos humanos. Es cierto que el compromiso con unos ideales —y más concretamente con la idea de justicia— se pone a prueba en circunstancias extremas, pero también lo es que hay momentos en los que una ejecución no supone mayor problema para nadie. En cualquier caso a Bin Laden se le podría haber ejecutado igualmente tras un juicio. Estados Unidos no es Europa. Allí ya se ajusticia a presos por delitos mucho menores que los del saudí.
La operación puede ser una chapuza en términos de imagen para la intelectualidad europea de turno, pero a Obama, acusado recientemente de no haber nacido en Estados Unidos —condición obligatoria para ser presidente—, le viene de perlas para aumentar su índice de popularidad. Bin Laden se había convertido en un asunto personal de Estados Unidos y de los estadounidenses, fácilmente intoxicables con propaganda. Pese a que probablemente no fuera ya un líder de facto sino icónico, la primera potencia mundial tenía una deuda pendiente con él: fue el primero en hacer ver al mundo musulmán extremista que era posible hacer daño a la bestia y salir indemne. El mito ha muerto. Pero Al-Qaeda no. Si algo caracteriza a Al-Qaeda es su fuerte descentralización. Sus células actúan de forma independiente en diferentes partes del mundo árabe y utilizan la imagen de Al-Qaeda como bandera. El terrorismo seguirá.
Diez años y dos guerras ha tardado Estados Unidos en encontrar a su particular némesis. El legado de Bin Laden es ciertamente espectacular. Sus atentados de las Torres Gemelas han conseguido desgastar la imagen internacional de la primera potencia mundial con una guerra que no puede ganar y con otra en la que invadió un país soberano saltándose toda ley internacional. Bin Laden consiguió unir a los musulmanes más tarados bajo una misma bandera. Les dio un ideal, un enemigo y un modus operandi que se ha mostrado triunfal en países occidentales. Y, además, puso en jaque a la gran potencia del presente. Cosa seria. Con su asesinato y las revueltas pacíficas del mundo árabe que ya han conseguido derrocar dos regímenes dictatoriales termina una etapa. La primera del siglo XXI y la primera después de aquello a lo que en su día llamamos Edad Contemporánea.
martes, 3 de mayo de 2011
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