lunes, 16 de mayo de 2011

Dinamarca pone patas arriba la Unión Europea

El problema de votar a la ultraderecha es que termina haciendo cosas de ultraderecha. O en su defecto obligando a sus socios de gobierno a hacer cosas de ultraderecha. Así las cosas, Dinamarca, un pequeño país del norte de Europa cuyas fronteras naturales se resumen en un puente con Suecia y unos cuantos kilómetros con Alemania, hacía tambalear los cimientos de la Unión Europea la semana pasada informando de sus airadas intenciones de abandonar el Espacio Schengen, o lo que es lo mismo, de reintroducir controles aduaneros en sus fronteras. De cómo Dinamarca, cuyos vecinos son dos de los Estados con el mayor nivel de vida y el menor índice de criminalidad del planeta, ha llegado a tomar tamaña decisión depende, en tanto a la capacidad de todos los europeos de evitarlo, el futuro próximo de la Unión Europea.

En Dinamarca, como en una buena parte de los países nórdicos, están extremadamente preocupados por la inmigración —ahí está el reciente ejemplo de Finlandia y los Auténticos Finlandeses, partido de extrema derecha que ha conseguido que en un país con apenas 100.000 inmigrantes el problema de los residentes no comunitarios haya capitalizado unas elecciones generales—. Es decir, preocupados de verdad. Realmente no quieren ver más inmigrantes en sus respectivos países fríos, desangelados, altos, rubios y celosamente prósperos. Así que ejerciendo un sano hábito democrático se han pegado la última década votando al Partido Popular Danés —o Partido del Pueblo Danés—, cuyas principales reivindicaciones rotan en torno al control del flujo migratorio y a otros temas muy en la onda —como su miedo atroz por todo lo relacionado con el Islam—. En las pasadas elecciones legislativas danesas el Dansk Folkeparti obtuvo casi medio millón de votos, lo que a efectos parlamentarios le convirtió en la tercera fuerza política del país —un 13'8% del total—. Gracias a la multitud de partidos que pueblan el espectro político danés, el Dansk Folkeparti lleva muchos años siendo una pieza clave en las alianzas parlamentarias con el Venstre, el partido más votado de Dinamarca.

Y llegó la crisis. Y con ella la necesidad de acometer reformas estructurales que mejoren la perspectiva económica del país danés —ya ven, el sueldo mínimo más alto del planeta, una mano de obra hipercualificada y una tasa de paro del 7'9%, dos puntos por debajo de la media europea—. Como es menester en Europa, la crisis se soluciona recortando el gasto público. Objetivo: las pensiones. ¿Y cómo reformar las pensiones si no tengo una mayoría parlamentaria que me permita hacerlo por mi cuenta? Pactando. ¿Y cuál es el problema de pactar? Que mi querido socio de Gobierno no será nada altruista en sus propósitos y exigirá algo a cambio. ¿Y qué suelen exigir partidos de extrema derecha a cambio de una apoyo fervoroso al partido gobernante de turno? Medidas de extrema derecha. Así que volvemos al principio del artículo. Dinamarca anuncia que quiere mandar al garete Schengen.

No es de extrañar que haya sido precisamente Dinamarca el primer país en mostrarse abiertamente insatisfecho con la política fronteriza de la Unión. A principios de la década ya rechazaron entrar en el euro. Es decir, su compromiso con la Unión es más que dudable, al igual que el de los siempre inefables británicos. Precisamente el caso danés ejemplifica como pocos cómo la crisis económica ha hecho aflorar los sentimientos más profundos y oscuros de muchos europeos. En situaciones de necesidad siempre es útil buscar un blanco fácil. Y no hay nada más moralmente reprobable pero al mismo tiempo sencillo que cargar las tintas conra los inmigrantes, fuente de toda conducta pecaminosa, procrastinación, absolutismo religioso y desorden generalizado. Los partidos de ultraderecha siempre estuvieron ahí —en el recuerdo Le Pen y su Frente Nacional, del que ahora mismo hablaremos—, pero ahora han sabido hacerse eco de los problemas de sus conciudadanos. Les dieron algo contra lo que estampar su rabia. Y Schengen voló por los aires.

Schengen, por cierto, es el logro más tangible de la Unión Europea. Gracias a dicho tratado, cualquier ciudadano de cualquier país de la Unión Europea puede desplazarse a otro país sin necesidad de pasar un control fronterizo, enseñar su pasaporte y verse examinado por indiscretos policías aduaneros. A efectos prácticos facilita un montón la movilidad ciudadana —con todo lo que ello significa para el turismo, hola, España— y, en otro orden mucho menos prosaico para el ciudadano de a pie, otro tipo de movimientos económicos internacionales —directamente relacionados con la exportación, hola, Alemania—. Desde Schengen no hay fronteras. Dinamarca, cuyo volumen de inmigración es ridículo en comparación con España o Italia, se ha propuesto eliminar este estúpido avance europeo gracias a su apoyo nada velado a partidos xenófobos.

En realidad Dinamarca ha sido el primer país en anunciarlo, pero previamente Sarkozy y Berlusconi, respectivos líderes políticos de Francia e Italia, ya habían dejado entrever que a lo mejor, quizá, posiblemente, era conveniente reformar Schengen para evitar que, por ejemplo, 20.000 tunecinos camparan a sus anchas entre Turín y Lyon, como si tuvieran tantos derechos como los honorables franceses e italianos. Tras la primavera árabe se ha producido un auténtico desmadre migratorio en Túnez, Libia o Egipto, lo que ha molestado particularmente a Italia. En un acto intrínsecamente italiano, al conocer que había un puñado de norafricanos desembarcando en sus costas del sur, el ministro Interior del país transalpino, que milita en otro simpático partido ultraderechista llamado Liga Norte, decidió, grosso modosubirlos a un tren y enviarlos a Francia —«la gran mayoría de los inmigrantes quiere reunirse con sus allegados en Francia o en otros países europeos», dijo Maroni, el muy cachondo—. A Sarkozy, cuya popularidad cae en picado de cara a las próximas presidenciales francesas en favor de la hija de Le Pen y su Frente Nacional, otro maravilloso ejemplo de tarados con pinta de gente sensata, no le gustó nada ésto último y denegó la entrada de los tunecinos provenientes de Italia.

Así las cosas Sarkozy y Berlusconi entendieron que unos cuantos tunecinos no podían ocultar todo lo que les unía, que no era poco: un deseo siempre expreso de controlar la llegada de inmigrantes a sus respectivos países. En Europa se armó un gran revuelo. También en Dinamarca. Desde Bruselas se han escuchado voces muy críticas al respecto. Es posible que Dinamarca debiera ser expulsada de la UE si incumpliera Schengen, que además permite establecer controles aduaneros excepcionales siempre y cuando se notifique el motivo y el periodo de control —una opción pensada para situaciones como las que han tenido que afrontar Italia o Francia—. Ésto último es menos relevante que la lectura general que todos podemos realizar del problema: distamos mucho de ser una unión y distamos aún más de ser un continente tolerante, democrático y comprensivo.

España ha criticado la posibilidad de que Dinamarca abandone Schengen. Cabe preguntarse qué harían los países nórdicos —cuya tolerancia legendaria comienza a demostrarse como un auténtico mito del mundo contemporáneo— en caso de tener una frontera externa a la Unión con países netamente inferiores en términos económicos —Alemania, uy, qué problema de integración y de orden público es capaz de causar un señor de Hamburgo en Copenaghe—. Supongo que estarían levantando ya muros electrificados. No se adivina una solución aparente al lío en el que Dinamarca ha introducido al resto de países de la Unión Europea. Es de suponer que Francia e Italia no presentarán ninguna queja formal. Tampoco cabe esperar gran cosa de países como Suecia, Finlandia o Países Bajos. En Gran Bretaña no son particularmente xenófobos, pero son ingleses, de natural euroescépticos. Grecia anda demasiado ocupada con sus cosas. Probablemente sean Alemania, España y los países de Europa del Este recién incorporados a la Unión —aunque de éstos últimos cabe esperarse cualquier bizarrada— quienes tengan que advertir sobre los riesgos evidentes que supone eliminar, aunque sea parcialmente, Schengen.

Lo cual no es nada alentador. La Unión Europea sólo sobrevivirá si todos quieren que sobreviva. Y no parece que, actualmente, sea el caso.

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