Las protestas que ocupan varias ciudades españolas al ritmo de acampadas improvisadas en la calle —en Zaragoza en la Plaza del Pilar, estuve esta mañana y estaré esta noche— tienen su origen en la incompetencia demostrada ampliamente de una buena parte de la clase política. Esta mañana frente al Ayuntamiento de Zaragoza no costaba ver, además de los acampados más fieles al movimiento —clásico perroflauta con barba y rastas, sí, pero con un grado de compromiso y conciencia social que ya quisieran para sí un montón de estudiantes mucho mejor vestidos y aseados de Derecho o Medicina—, a muchos señores de edad avanzada empatizar y relacionarse con los jóvenes alrededor de sus tiendas de campaña. En un momento, durante la preparación de la Asamblea que se celebrará en dos horas en Zaragoza, una señora increpó a una representante de los acampados señalando que todo aquello, las protestas, no eran sino un movimiento evidente por parte de un partido de adulterar las elecciones. O algo así, porque la fumada de la señora era tal que costaba prestarle atención.
Otra señora que le acompañaba le terminó diciendo: «Si no están coaccionando a nadie». Ambas señoras se marcharon discutiendo entre ellas. En pleno episodio de surrealismo patrio apareció otro señor, también de avanzada edad, bien vestido, con sombrero, americana color caqui y un pin con la bandera de España en la solapa. El tipo obvió la conversación que una de las acampadas estaba teniendo con las dos señoras y comenzó a explicar a todo el mundo —ya que se había formado un corrillo— que él era de derechas, de derechas y muy católico, pero que estaba plenamente a favor de lo que los jóvenes de toda España —diré «algunos jóvenes de toda España», para no ofender a los puristas— salieran a la calle y se quejaran de algo. Aunque fuera de algo. Otros señores comentaban entre ellos que esto está muy bien, pero que no son horas. Algunos otros, más alejados, opinaban que si los chavales no protestaban ahora cuándo narices iban a hacerlo. Mientras estaba en un extremo de la acampada junto a dos amigos se acercó una señora llevando el carrito con su nieta. Preguntó que qué hacíamos allí. Le expliqué en qué consistía la protesta, que era para exigir una democracia más limpia, una clase política más honesta y un futuro más próspero. Acto seguido dijo que le parecía perfecto y que qué podía hacer.
Le expliqué que podía pasar por un puesto en el que había un libro donde podía dejar su opinión sobre lo que estaba viendo con sus propios ojos. Diez minutos antes había estado ahí. De refilón pude ver como la mayoría de comentarios estaban escritos —porque quienes se acercaban a esas horas de la mañana en un día laborale eran únicamente ellos— jubilados. Para mi sorpresa todos empatizaban con las protestas. Es algo que debe costar asimilar a gente como César Vidal, Mayor Oreja o Esperanza Aguirre, que ven detrás de todos los movimientos sociales una mano negra que busca posicionar al electorado en contra del Partido Popular y del PSOE. También debe chocar a tertulianos mucho más moderados en las formas pero igual de cobardes en su interior que se ríen de los jóvenes que salen a la calle, llamándoles despectivamente antisistema y exigiendo que se retiren ya de Sol, porque es «inaceptable». Si quisieran entender lo que les dice el pueblo posiblemente entenderían las reivindicaciones. El Movimiento 15M va más allá de cuatro hippies del XXI fumando porros y pasando días sin ducharse mientras ensucian el mobiliario público. Lo que ahora se cuece en las calles es el puro reflejo del hartazgo.
Los medios internacionales se han hecho eco de la Spanish Revolution y de las acampadas que proliferan por toda España. En algunos lugares se habla de efecto contagio —quién sabe, pero por el momento faltan informaciones que puedan confirmarlo—. En general los sociólogos y politólogos que saben de lo que hablan —hoy en el TD1 de TVE, la cobertura en medios está siendo excelsa— interpretan las protestas como lo que son. Gente que se ha hartado. Una sociedad cansada de políticos de cartón pieda que viven alejados de la realidad, que realizan política ficción, sin escrúpulos, sin sentido de la practicidad, sin verdaderos objetivos de mejorar el mundo y el país en el que viven y que quieren gobernar. La política ya no es un medio, es un fin. De eso nos quejamos. Y es una temeridad acusar a quienes salen a la calle de menospreciar la profesión política porque precisamente se trata de todo lo contrario. Se sabe de la importancia de la política. Por eso lloramos su constante violación.
Lo llaman democracia y no lo es. Lo llaman cuatro vagos y maleantes y en realidad desoyen el grito de la sociedad.
P.D.
El Roto se supera. Y en #acampadazgz han impreso un folleto promocional de la actividad con su viñeta en el reverso.


1 opiniones:
Tampoco lo que quiere el 15 M.
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